Estoy cansado de dejar pasar el tiempo inconscientemente, de verme rodeado de gente, de pensar ¿¡qué coño hacemos aquí!?
El mundo esta repleto de chillidos, palabras, gestos, miradas, insultos, patadas, aviones, barcos, trenes, coches, motocicletas, bicicletas, carreteras, gasolineras, puertas, ventanas, paredes, casas, mares, desiertos, ciudades, pueblos, montañas, lagartos, bueyes, camaleones, papayas, plátanos, sandías, naranjas, peras, guisantes, calabacines, escarolas, berenjenas, ojos ansiosos, ojos pasivos, ojos que no ven, orejas sordas, que escuchan, que escuchan lo que quieren, brazos largos, cortos, uñas largas, cortas, pechos grandes, pequeños, labios gruesos, finos, alientos, ansiedad, depresión, enfermedad, mentes perversas...imposible más, imposible.
Todo es tan grande, y yo tan pequeño! Me suicidaría si me volviera un obseso. No soporto cuando pienso esas cosas, me vuelvo un ser deprimente. Lo que suelo hacer entonces es ir al aeropuerto. Allí todos están de paso.Estan los que lloran porque llegan, o porque se van. Cuando miro la escena muda, sin prestar atención a los vuelos que salen y llegan anunciados por el altavoz, pienso que un aeropuerto simula la muerte. Porque la misma escena, en otro contexto, así me lo parecería. Imagino el día de mi muerte.Llevaré en mi única maleta todo el equipaje que he podido recojer en esta vida, lo que me puedo llevar conmigo a donde quiera que vaya.Tendré el mismo miedo que tengo ahora cada vez que cojo un avión, temblarán mis dedos y el sudor caerá de las palmas de mis manos hacia el suelo.Pensaré en todo lo que perderé, en todo lo que dejo atrás.
¿Dónde está el que un día fue mi padre, y mi madre, y mis hermanos?¿y mi abuela, que tan fina y pequeña se volvió antes de desaparecer...?¿y mi mujer...la única a la que amé en toda mi vida, de la que juré no separarme jamás...?¿y mis fotografías, y mis libros, y mis escritos?¿Desaparecerán con mi muerte?¿Y mi casa....mi habitación...?Basta.
Me pegaría un tiro en la sien. La luna me afecta al cerebro...Por cierto, ¿dónde iría la luna esta tarde que ha desaparecido?
lou
mercredi, décembre 2
vendredi, novembre 27
Carrol sabía que cualquier día las cosas iban a cambiar para él. Lo presentía porque nunca hasta el momento le había sucedido nada que el quisiera. Nunca se había sentido abatido por nada ni por nadie, y eso estaba por desvanecerse. De ello estaba seguro.
Carrol vivía en una fábrica. Por las noches atravesaba la puerta. Subía por el gran ascensor de mercancías hasta el primer piso. Atravesaba un taller repleto de cuadros a medio pintar y se hacía paso entre botes de pintura y restos de cartón hacia su hogar. Entraba sin tener que abrir cerradura alguna.
Encendía las luces. Ante el sus queridas pertenencias. Su sofá, su mesa, su cocina y la gran vidriera que le recordaba que existía un mundo exterior.
Solía coger su saxofón nada mas llegar. Limpiaba cada una de sus piezas y lo montaba. Hecha la faena lo dejaba sobre el sofá y se quitaba los zapatos y los pantalones y quedaba con una camiseta interior. No solía tener frío en las noches de otoño.
Cuando se colgaba el saxo al cuello empezaba a tocar. Lo tocaba con los ojos cerrados, concentrado a todos y cada uno de los sonidos que emitía. Tocaba dirigiendo la melodía hacia el sofá vacío, como si tocara para alguien. Emitía un sonido extremadamente dulce y estremecedor. Como si lo hiciera todo para la mujer que, estirada en el sofá, desnuda, lo escuchaba absorta en todas y cada una de las notas que desde su mas profundo aliento emitía.
Pero al terminar la melodía un silencio ensordecedor inundaba el apartamento. El sonido había viajado hacia otro lugar. Y cuando Carrol abría los ojos se sentía eternamente triste y solitario.
Dejaba caer el saxo en la moqueta y se estiraba en el suelo, donde por unos instantes dejaba que su mente pensara en lo que se le antojara.
Y se daba cuenta, de que, incosncientemente, en cada uno de esos instantes que le regalaba a su mente, esta se dedicaba a pensar en Nora. Y Nora, por desgracia, ya no estaba allí.
Y aunque no estuviera allí en realidad si lo estaba. Estaba en su vida, en sus recuerdos. Nora lo fue todo para él. Y Nora desapareció dejando todo el apartamento lleno de recuerdos, del que Carrol ahora tenía que hacerse cargo.
Y a cada paso que daba encontraba su rastro. Y deseaba decirle que se lo llevara todo de allí, que desapareciera de verdad.
Pero por mucho que chillara nadie le escuchaba, porque la muerte no da ojos ni oídos, no da vida ni dolor.
La muerte deja el rastro de todo lo que se lleva. Cosas que nunca desaparecerán de la faz de la tierra y de las que no podemos desprendernos, porque son lo único que nos queda.
Y Carrol no sabía que hacer con todo aquello. Pues el dolor que sentía estaba acabando con él.
La soledad mas sola, reflejada en el cuerpo desnudo tumbado en el sofá, que hace que escucha pero en realidad no existe.
LOU
Carrol vivía en una fábrica. Por las noches atravesaba la puerta. Subía por el gran ascensor de mercancías hasta el primer piso. Atravesaba un taller repleto de cuadros a medio pintar y se hacía paso entre botes de pintura y restos de cartón hacia su hogar. Entraba sin tener que abrir cerradura alguna.
Encendía las luces. Ante el sus queridas pertenencias. Su sofá, su mesa, su cocina y la gran vidriera que le recordaba que existía un mundo exterior.
Solía coger su saxofón nada mas llegar. Limpiaba cada una de sus piezas y lo montaba. Hecha la faena lo dejaba sobre el sofá y se quitaba los zapatos y los pantalones y quedaba con una camiseta interior. No solía tener frío en las noches de otoño.
Cuando se colgaba el saxo al cuello empezaba a tocar. Lo tocaba con los ojos cerrados, concentrado a todos y cada uno de los sonidos que emitía. Tocaba dirigiendo la melodía hacia el sofá vacío, como si tocara para alguien. Emitía un sonido extremadamente dulce y estremecedor. Como si lo hiciera todo para la mujer que, estirada en el sofá, desnuda, lo escuchaba absorta en todas y cada una de las notas que desde su mas profundo aliento emitía.
Pero al terminar la melodía un silencio ensordecedor inundaba el apartamento. El sonido había viajado hacia otro lugar. Y cuando Carrol abría los ojos se sentía eternamente triste y solitario.
Dejaba caer el saxo en la moqueta y se estiraba en el suelo, donde por unos instantes dejaba que su mente pensara en lo que se le antojara.
Y se daba cuenta, de que, incosncientemente, en cada uno de esos instantes que le regalaba a su mente, esta se dedicaba a pensar en Nora. Y Nora, por desgracia, ya no estaba allí.
Y aunque no estuviera allí en realidad si lo estaba. Estaba en su vida, en sus recuerdos. Nora lo fue todo para él. Y Nora desapareció dejando todo el apartamento lleno de recuerdos, del que Carrol ahora tenía que hacerse cargo.
Y a cada paso que daba encontraba su rastro. Y deseaba decirle que se lo llevara todo de allí, que desapareciera de verdad.
Pero por mucho que chillara nadie le escuchaba, porque la muerte no da ojos ni oídos, no da vida ni dolor.
La muerte deja el rastro de todo lo que se lleva. Cosas que nunca desaparecerán de la faz de la tierra y de las que no podemos desprendernos, porque son lo único que nos queda.
Y Carrol no sabía que hacer con todo aquello. Pues el dolor que sentía estaba acabando con él.
La soledad mas sola, reflejada en el cuerpo desnudo tumbado en el sofá, que hace que escucha pero en realidad no existe.
LOU
dimanche, novembre 22
Escucho en silencio el grito de los grillos en la noche, el del viento que se refugia entre las ramas de los árboles, el temblor de la niebla que se amontona en los bordes del camino.
Camino lentamente por el sendero que me lleva hasta el faro. Mi mente: en blanco. Pienso en los sonidos que me rodean y siento el viento que me roza la piel, mis pies que dañan el suelo. No quiero sentir lo que dejo atrás, sino lo que más adelante me espera. A lo lejos se oye el mar. Las olas deben estar chocando contra el acantilado, lo hacen sin cesar, segundo a segundo. La naturaleza no descansa.
No tengo frío, me siento bien. Tengo miedo de encontrar algo que no sea capaz de ver.
Sigo caminando, acelerando el paso a medida que me adentro en el bosque. Estar lejos de la civilización me hace sentirme inmensamente pequeño y frágil.
Necesito llegar al acantilado y ver que hay un final. Siento angustia de no poder encontrar el camino, de perderme y no poder volver atrás. No puedo dejarme llevar,a medida que avanzo me invade el miedo.
Las manos se me inundan de sudor. Tengo frío. Tengo miedo....
pero,
¿de qué?
Lou
Camino lentamente por el sendero que me lleva hasta el faro. Mi mente: en blanco. Pienso en los sonidos que me rodean y siento el viento que me roza la piel, mis pies que dañan el suelo. No quiero sentir lo que dejo atrás, sino lo que más adelante me espera. A lo lejos se oye el mar. Las olas deben estar chocando contra el acantilado, lo hacen sin cesar, segundo a segundo. La naturaleza no descansa.
No tengo frío, me siento bien. Tengo miedo de encontrar algo que no sea capaz de ver.
Sigo caminando, acelerando el paso a medida que me adentro en el bosque. Estar lejos de la civilización me hace sentirme inmensamente pequeño y frágil.
Necesito llegar al acantilado y ver que hay un final. Siento angustia de no poder encontrar el camino, de perderme y no poder volver atrás. No puedo dejarme llevar,a medida que avanzo me invade el miedo.
Las manos se me inundan de sudor. Tengo frío. Tengo miedo....
pero,
¿de qué?
Lou
mercredi, novembre 18
Dan, me estoy muriendo de frío.
Igor tiene la estufa en su habitación y me ha dejado aquí solo, en el salón, helado. Mis dedos parece que se van a romper de un momento a otro.
Estos días no hago mas que comer, dormir, ir al baño y escribir. Apenas salgo de casa. El frío me prohíbe cualquier actividad que implique desplazarme por el polo norte -algo así siento cuando salgo a la calle-.
Igor se pasa el día encerrado en su habitación, vete a saber que es lo que hace allí todo el tiempo, no da explicaciones a nadie. De vez en cuando pongo la oreja en la puerta para comprobar que sigue vivo. Antes de ayer mismo, le escuché cantar una canción de Bob Dylan. Hace tres o cuatro días me pareció oír gemidos, lo que significa que se la estaría pelando, porque Igor no tiene visitas. Curioso. Aún así no intercambiamos más palabras que: has hecho algo para comer? Buenos días. Buenas noches.
Me gusta Igor, y creo que lo soporto.
Me gustaría más que estuvieras tu aquí, a mi lado...pero dentro de lo que cabe estoy contento.
Compré un pez hace un par de semanas. Es muy duro estar solo. Creía que me haría compañía. Lo coloqué en mi escritorio, al lado de las hojas de papel y la tortuga verde de madera. Creo que ni me ve. Me siento solo y al mirarlo me deprimo aún más. Aún así creo que me lo quedaré por algún tiempo, hasta que se muera, quizás. Debe ser duro pasarse la vida en un cuenco de agua helada. No tiene espacio para nadar. Puede que mas adelante, cuando consiga traducir el libro y me haga rico, le compre una piscina. Sería el pez doméstico más feliz del mundo, pues dudo que algún otro pez tenga tanta agua para el solito. Los peces de mar y río tienen mas suerte. No querría reencarnarme en un pez de pecera.
En fin, creo que me está empezando a mirar mal, es como si supiera que estoy hablando de él. Qué asombrosa criatura.
Te dejo porque se me está empezando a congelar la nariz.
Saludos de Anu y míos.
Toulouse, a fecha de 18 de Noviembre del 9
PD: ¿tu también tienes frío? Espero que sí.
Igor tiene la estufa en su habitación y me ha dejado aquí solo, en el salón, helado. Mis dedos parece que se van a romper de un momento a otro.
Estos días no hago mas que comer, dormir, ir al baño y escribir. Apenas salgo de casa. El frío me prohíbe cualquier actividad que implique desplazarme por el polo norte -algo así siento cuando salgo a la calle-.
Igor se pasa el día encerrado en su habitación, vete a saber que es lo que hace allí todo el tiempo, no da explicaciones a nadie. De vez en cuando pongo la oreja en la puerta para comprobar que sigue vivo. Antes de ayer mismo, le escuché cantar una canción de Bob Dylan. Hace tres o cuatro días me pareció oír gemidos, lo que significa que se la estaría pelando, porque Igor no tiene visitas. Curioso. Aún así no intercambiamos más palabras que: has hecho algo para comer? Buenos días. Buenas noches.
Me gusta Igor, y creo que lo soporto.
Me gustaría más que estuvieras tu aquí, a mi lado...pero dentro de lo que cabe estoy contento.
Compré un pez hace un par de semanas. Es muy duro estar solo. Creía que me haría compañía. Lo coloqué en mi escritorio, al lado de las hojas de papel y la tortuga verde de madera. Creo que ni me ve. Me siento solo y al mirarlo me deprimo aún más. Aún así creo que me lo quedaré por algún tiempo, hasta que se muera, quizás. Debe ser duro pasarse la vida en un cuenco de agua helada. No tiene espacio para nadar. Puede que mas adelante, cuando consiga traducir el libro y me haga rico, le compre una piscina. Sería el pez doméstico más feliz del mundo, pues dudo que algún otro pez tenga tanta agua para el solito. Los peces de mar y río tienen mas suerte. No querría reencarnarme en un pez de pecera.
En fin, creo que me está empezando a mirar mal, es como si supiera que estoy hablando de él. Qué asombrosa criatura.
Te dejo porque se me está empezando a congelar la nariz.
Saludos de Anu y míos.
Toulouse, a fecha de 18 de Noviembre del 9
PD: ¿tu también tienes frío? Espero que sí.
Desconcertada por la noche era incapaz de volver a casa. La oscuridad le había hecho perder el sentido de la orientación. No sabía dónde se encontraba ni porqué estaba allí. Montones de calles y edificios desconocido la rodeaban, proyectando sus sombras en el suelo. Se desplazaba ágilmente sin saber a dónde ir. ‘Debemos estar en invierno, pensó, hace mucho frío. El vestido negro corto la guiaba por la ciudad. Sus pies se movían sin un rumbo fijo. Se puso a pensar lugares en los que podía encontrarse. Una ciudad. Londres, Paris, Milano, Barcelona, Madrid… imposible, no hay nadie por las calles. ‘Una farola antigua ilumina mi paso, ¿dónde estoy?’.
Intentaba recordar de dónde venía. No recordaba nada, ni siquiera un nombre. Avanzaba y seguía encontrando lo mismo, calles desiertas. En el cielo la luna temblaba blanca y fría. Las estrellas sollozaban. Ella seguí ágil, deslizándose por aquel laberinto sin fin. Ninguna pista. Ningun sonido. Nada que la hiciera recordar
Intentaba recordar de dónde venía. No recordaba nada, ni siquiera un nombre. Avanzaba y seguía encontrando lo mismo, calles desiertas. En el cielo la luna temblaba blanca y fría. Las estrellas sollozaban. Ella seguí ágil, deslizándose por aquel laberinto sin fin. Ninguna pista. Ningun sonido. Nada que la hiciera recordar
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