dimanche, octobre 31


Edith Straber e Françoise Renier


int/noche. Irish pub //Barcelona
Una mesa demasiado grande en un rincón los separa a los dos. Luz ténue. Suenan los Rolling Stones en el hilo musical. Seis botellines de cerveza vacíos en la mesa. Una cámara y una libreta en un banco de madera. Françoise viste unos pantalones de pitillo de color crema y una camisa verde de franela. Edith lleva un vestido negro ajustado, medias rojas y zapatos de tacón.

EDITH
El autobús pasa dentro de veinte minutos. Es el último. Si no lo cojo tengo que quedarme hasta las seis de la madrugada.

FRANÇOISE
Haz lo que quieras, yo no lo sé.

EDITH
¿quieres que me quede, o no?

FRANÇOISE
No lo sé. Como tu quieras, de verdad.


Edith coje la libreta roja y la pone en el centro de la mesa cogiéndola entre sus manos.


EDITH
Voy a ir al baño. Mientras tanto, imagina que esto soy yo. Cuando vuelva, si quieres que me quede, quiero verla a tu lado. Si quieres que me vaya ponla en el mío.


Se levanta y le sonríe. Se aleja.
Cuando vuelve Françoise tiene la libreta en las manos
Se le acerca por detrás. Le abraza y le da un beso en la mejilla.


EDITH
Gracias, no quería irme.

FRANÇOISE
No sé porque lo he echo. ¿que vamos a hacer hasta las seis de la mañana?

EDITH
¿Y eso que importa? ¿Estamos juntos, no? Acabamos de conocernos. No sé nada de ti ni tu sabes nada de mí. No bastan seis horas para conocernos.

FRANÇOISE
¿Que va a decir a él?

EDITH
Nada, ya le he dicho que estoy aquí y que quizás me quedaría.

FRANÇOISE
No lo entiendo

EDITH
No hay nada que entender.


Le coje de las manos.


FRANÇOISE
Me gustas.

EDITH
Y tú a mi.

FRANÇOISE
¿Pedimos otra cerveza?

EDITH
Si, ahora mismo vuelvo


Int/noche. Habitación de Françoise Ala norte de un apartamento inmenso. En la habitación hay una cama enorme en el centro. Suelo con cenefas, de gres. Un armario. Una silla llena de ropa interior. Una guitarra. Françoise trae una botella de ron de la cocina y cierra las puertas. Se estira en la cama. Edith está sentada en la cama.


FRANÇOISE
¿Estas bien?

EDTIH
Si. Me gustaría que me cantaras y tocaras la guitarra.

FRANÇOISE
No, no puedo.

EDITH
¿Por qué?

FRANÇOISE
Me da vergüenza.

EDITH
Anda, no seas tonto. Lo estoy deseando.


Edith se levanta y le acerca la guitarra. Luego prepara dos cubalibres.


EDITH
Toma

FRANÇOISE
Gracias

EDITH
¿estás preparado?

FRANÇOISE
No sé que me pasa contigo, pero consigues que haga cosas que nunca quiero hacer

EDITH
Es fácil, solo imagina que no estoy. Te observaré desde aquí. Me gusta mucho tu nuez.

FRANÇOISE
Te voy a cantar una canción francesa muy antigua, champs elysées.


Françoise empieza a cantar y Edith bebe sorbitos de ron mientras le observa desde el suelo. Mientras Franç. canta Edith siente un deseo irrefrenable. Cuando acaba se sienta a su lado.


EDITH
No sé porqué, pero te quiero. Quiero estar aquí contigo, quiero verte, oírte, tocarte, olerte... Ahora mismo sé que te quiero.

FRANÇOISE
Creo que el ron y las cervezas se me están subiendo a la cabeza.

EDITH
Túmbate.


Françoise se deja caer en la cama y Edith le quita el vaso de las manos. Los deja en el escritorio, se quita el jersey y se pone a gatas encima de él. Le mira a los ojos. Françoise la mira embelesado.


EDITH
¿Quieres besarme?

FRANÇOISE
No lo sé.

EDITH
¿Cómo que no lo sabes?

FRANÇOISE
Quiero. Claro que quiero. Quiero que me beses tu. Je suis pour toi...

mercredi, octobre 27

Escribo la historia de Jan e Luc, dos hermanos gemelos que viven en algún lugar que aún desconozco...
El chico del esmoquin negro y los pantalones color crema de terciopelo

James Carpenter se pasea por los jardines de la facultad a todas horas. Lo veo pasar solo, acompañado de algún amigo, con alguna mujer cogida del brazo, hablando por teléfono, leyendo en voz alta...
He encontrado el lugar idóneo y me paso allí las horas muertas de mi mañana, con un libro entre las manos, deseando verlo pasar. Es curioso, siempre presiento su entrada en escena, es algo sorprendente. Estoy concentrada en la novela hasta que me decido a levantar los ojos y, al segundo, aparece el. La primera vez que lo he visto hoy, a pasado solo. Llevaba un un vaso de plástico en la mano, un café, supongo. Era temprano, así que aún tenía cara de sueño. A veces tiene la mirada mucho mas viva a primera hora de la mañana, pero hoy parecía no haber dormido demasiado. ¿sexo?¿copas?. No quiero ni pensarlo. En fin, ha pasado rápido. He tenido tiempo a ver como sorbía su bebida caliente. Lo he anotado, junto a la hora, en mi cuaderno. He seguido leyendo un buen rato mas, pero no ha aparecido. Siempre acabo por levantarme para ir al baño o a la biblioteca y, al volver, pienso que ha pasado sin que yo estuviera allí. Eso me deprime. Aunque puede que sea una suerte, pues lo que mas odio, es verlo pasar rodeado de chicas. A veces, cuando va acompañado, no me parece él -tal y como lo tengo idealizado-. Me parece un mendrugo rodeado de putas baratas. ¿por qué es tan difícil hacerse notar? No tengo respuesta. Ojalá fuera yo una de esas pécoras que lleva bajo el brazo. Adoraría estar entre sus brazos. Un paseo junto a un esmoquin negro, unos pantalones de vellut...mi gabardina roja no se resentiría. Que buena pareja. Lástima que no sea así.
Sigo observando.

mercredi, octobre 6

Edith Bremmer en alguno de los diminutos reinos de la época.

Hace ya tiempo que no comparto mi tiempo con Edith.
Edith y yo solíamos ir juntas a los almacenes Bremmer todos los sábados por la tarde. A eso de las cuatro de la tarde pasaba a buscarla a su casa e íbamos juntas en el coche descapotable de mi marido. Solía dejarla conducir. Disfrutaba como una niña. Apretaba a fondo el acelerador, entonces el motor ronroneaba y hacía acelerar el coche con fuerza. Cuando encontraba un semáforo en rojo solía frenar en seco. Antes de subir al coche íbamos peinadas. Al salir parecíamos dos espécies exóticas recién salidas de una sesión de montaña rusa. Me gustaba mirarla de perfil mientras conducía. De vez en cuando giraba la cara hacia mí y gritaba - auuuu!. Cuando hacía eso le sonreía y luego apoyaba la cabeza en el asiento y pensaba - hay dios, como te quiero Edith.
Eramos felices. Al llegar lo primero que hacíamos era saltar del coche y darnos un abrazo. Le ayudaba a ponerse la gabardina y luego ella me ayudaba a mí. En la puerta de los almacenes había una cafetería de tonos rogizos, en la que tomábamos un buen café y un vaso de whisky con hielo y un poco de agua. Así nos salían los coloretes, y se nos subía la felicidad a la cabeza.

- Que tal te ha ido la semana?

- Digamos que he perdido un poco mas de dignidad, digo.

- ¿Por qué, querida? ¿Roy no te cuida como te mereces?

- Ojalá fuera eso. Pobre Roy. Cualquier día voy a tener que darle un par de billetes de los grandes y decirle que se vaya a echar un polvo a alguna parte.

- Edith, te he dicho mil veces que aprendas a evadirte, querida. Hay que conservar a los hombres. Ya viste a Cristal, la pobre ha echo demasiadas tonterías y se ha quedado sola.

- Yo debería quedarme sola también

- No digas eso, no aguantarías ni dos días

- Claro que si...

Me acabo el whisky y pido dos copas mas.

- ¿Te has enterado de lo de Emma y Josh?

- No. ¿que ha pasado?

- Emma se ha intentado tirar por la ventana dos veces esta semana. Ambos intentos han sido un fracaso, por supuesto. Esa no quiere matarse, lo que quiere es llamar la atención.

Doy una calada al cigarrillo y suspiro.

- Sus razones tendrá, digo.

- Ojalá se hubiera tirado de verdad.

- No digas eso Dia Davez, no sabes lo que dices. Ven acércate.

Se acerca hacia mi. Le cojo la mano y la miro a los ojos. Luego miro a mi alrededor para cerciorarme de que no hay nadie observándonos. Le doy un beso en los labios. La miro de nuevo. Se ha quedado con una expresión relajada, los labios entreaviertos. Me acerco de nuevo y le acaricio los labios con la lengua.

- Hoy te voy a regalar un carmín rojo mate, de chanel. ¿Te parece?, le digo.

Ella me sonríe. Me sonríe y me dedica una mirada de aprobación que acaba con mi paciencia. Me acerco a ella y la beso sin dejarla respirar.

- Te quiero, Edith.

- Me deseas Dia, y yo te deseo a ti.

- ¿Vamos a por la barra de labios?

- Oui


Alguien nos observa alejarnos desde otra mesa.




Una Devant.

samedi, septembre 25

Nina Ivanisin invade a Uros Furst

Conocí a Nina Ivanisin justo cuando comenzaba a prostituirse. Nos encontramos por primera vez una tarde en una cafetería, en Moscow. Charlaba con Marusa. Estábamos sentados cerca de la barra. Bebíamos café, era temprano. La conversación no debía interesarme mucho y de vez en cuando desviaba la mirada a ninguna parte. En una de esas escapadas Nina hizo su aparición. La vi acomodarse en un taburete, justo detrás de Marusa, un poco a la derecha. Había entrado con un largo abrigo de piel, un gorro de pelo de mapache que le cubría toda la cabeza y unas gafas de sol marrón oscuro. Llevaba los labios pintados de un rojo mate cremoso.
Lo primero que hizo al sentarse fué deshacerse de toda esa indumentária, dejando a mi imaginación idear unos muslos y unos pechos perfectos bajo una falda negra y una camiseta ajustada semitransparente. Era frágil, delgada. Me asustaba mirarla por miedo a que cayera. Esperó a que se acercara el camarero y pidió un café. Mientras le servían buscó algo en el bolso, que aún colgaba de su hombro. Durante un rato me pareció que no encontraba lo que estaba buscando.
Marusa me hizo volver.

- Uros Furst, ¿cuantas veces tengo que decirte que no te despistes mientras te estoy hablando?
- Lo siento Marusa, de verdad. Creo que he visto un ángel.

Marusa se gira y se fija en ella. Luego me mira a mí. Su expresión parece aprobar mi observación.

- Bueno, no está mal. Es decir, está muy bien...

Le sonrío y me tomo el permiso para evadirme un rato mas.
Nina se lleva la taza de café a los labios. Tiñe el borde de la taza de un color rosado. Acomoda la taza en el plato y, furtívamente -o eso me parece a mí- se levanta y se dirije hacia mí.

- Disculpe, ¿me podría dejar un trozo de ese diario y un bolígrafo?

Me pilla totalmente desprevenido, descolocado. No se cuanto tiempo tardo en reaccionar. Con los labios sellados corto, torpemente, un pedazo de papel y se lo tiendo.

- No tengo bolígrafo, lo siento.
- Esta bien, muchas gracias de todos modos.

Se aleja. Marusa me mira soprendida.

- ¿Desde cuando pierdes tu los papeles delante de una mujer?
- Creo que desde hoy. No sé que me ha pasado, Marusa. No sé que me ha pasado.

Me siento un tanto trastornado. Nunca me había pasado algo semejante, y eso es muy cierto.

- Ya no puedo mirarla, Marusa. No sé que ha pasado.
- Estás loco. Requete loco.

La veo acercarse de nuevo. Esta vez lleva todas sus cosas. Parece una espía encapuchada. Se me acerca y me tiende el pedazo de papel que sostiene en su delgada mano derecha escondida en guante de piel negra. Cojo el papel doblado y lo sostengo en la mano. Ella se agacha y me dice algo al oído en una lengua que no entiendo. Su susurro se me repite en la cabeza a una velocidad indescriptible, como un eco que se expande incesantemente. Luego se va.
No me giro a verla marchar. Marusa me mira curiosa.

- Léela, léela.

Desdoblo muy lentamente el papel y leo el contenido.

Por favor, ¿podrías pagarme la taza de café? No tengo dinero. Te lo agradezco. Me has parecido muy amable. Al menos tu forma de observarme era amable.


                                                                                         Nina Ivanisin


Me quedo estupefacto.

lundi, septembre 20

DESCOLGAR EL TELÉFONO

- ¿Diga?
- Hank, soy yo.
- Ah, hola.
- ¿Cómo estas?
- Con ganas de follar contigo, ya lo sabes.

Silencio. Oigo su respiración a través del auricular. Parece tranquilo.

- Lourdes me ha dicho que no te encuentras bien.
- ¿Y esa que coño sabe?
- Sabe lo que ve. Me ha llamado esta mañana. Dice que ayer fue a verte y te negaste a abrirle la puerta, que te hiciste el sueco y no le respondiste.
- Normal, estaba follando con Maddie, no pretendías que saliera con la polla al aire a recibir a tu querida Lou.

Silencio. Me muerdo los labios. Que se ha creído el muy cerdo.

- ¿quién es esa Maddie?
- Maddie es Maddie
- Veo que no pierdes el tiempo, Hank.
- No pierdo el tiempo, no. ¿Que esperabas?
- Pues esperaba que almenos te dieras un tiempo para pensar.
- ¿Para pensar el que, si puede saberse? ¿que me has dejado tirado? ¿que te piensas
que puedes hacer lo que te dé la gana conmigo por tener un buen cuerpo y una cara bonita? Ni lo sueñes bonita.No, gracias.

Silencio. Será cabrón el hijo de su madre.

- Veo que no tienes muchas ganas de hablar conmigo.
- No, tengo ganas de follarte, Catia. No quiero hablar contigo. Quiero cerrarte la boca de un mordisco, atarte a los barrotes de la cama y follarte hasta oírte aullar de placer. Eso es lo que quiero.
- Y, ¿que me dices de tu querida Lou?
- Lou me gusta también.
- Pues entonces no hablemos más.
- que pasa, ¿te piensas que eres la única que puede darme lo que quiero?
- Eso creía yo. Menuda imbecil.

Lou.